El dolor pesa inevitable y lento
cuando se le siente pasar a través del cuerpo
como un martillo que golpea el pecho,
te deja sin sentido, sin voz y sin viento
desde el cobijado despertar matutino
hasta
la satisfacción de los oníricos descansos
son pulverizados, arrancados,
echados fuera de la nave de lo cuerdo.
Ataca a los fuertes y débiles
sin interés alguno, sin preferencias,
no busca, ni se encuentra.
Es como la lluvia dolorosa,
fría, inesperada y distante
cuando uno se percata
es demasiado tarde.
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